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jueves, octubre 15, 2026
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La cerveza La «Guineana», una marca nacional que ha caído en el olvido

A menudo escuchamos una expresión que parece sencilla, pero encierra un profundo significado: «Lo nuestro, primero». Una frase que apela al patriotismo, a la identidad nacional y a la necesidad de valorar aquello que producimos dentro de nuestras propias fronteras. Sin embargo, cuando observamos los hábitos de consumo en Guinea Ecuatorial, surge una contradicción que merece una reflexión: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a apostar por nuestros propios productos?

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Hace años, hablar de la cerveza La Guineana era recordar un producto que formaba parte de nuestra identidad comercial y de la vida cotidiana de muchos ecuatoguineanos. Su nombre no era uno más en el mercado. Representaba la posibilidad de consumir algo propio, una producción nacional que permitía mirar hacia dentro sin depender exclusivamente de lo que llegaba del extranjero.

Hoy, su ausencia del mercado plantea una pregunta inevitable: ¿dónde está la famosa cerveza La Guineana?

No se trata únicamente de recordar una bebida que conocimos en el pasado. Se trata de reflexionar sobre lo que significa perder un producto nacional y sobre las oportunidades económicas, comerciales y simbólicas que desaparecen cuando una marca local deja de estar presente en la vida de los consumidores.

Mientras en otros países de la región existen bebidas y marcas que forman parte de su identidad comercial, en Guinea Ecuatorial nos encontramos ante la paradoja de recordar con nostalgia productos que un día fueron nuestros, mientras las bebidas importadas ocupan un lugar destacado en nuestros hábitos de consumo. Gabón y Camerún, por ejemplo, cuentan con marcas de bebidas vinculadas a sus respectivos mercados nacionales. La cuestión no es establecer una competencia entre países, sino preguntarnos qué estamos haciendo para conservar, desarrollar y promover nuestra propia producción.

Es evidente que consumir productos extranjeros no tiene nada de malo. La apertura comercial permite acceder a una mayor variedad de mercancías y favorece los intercambios económicos. El problema aparece cuando la preferencia por lo importado termina desplazando, o incluso haciendo olvidar, aquello que podríamos producir y desarrollar dentro de nuestro país.

¿Preferimos lo extranjero porque ofrece mayor calidad, porque tiene más presencia en el mercado o porque hemos terminado asociando lo importado con un mayor prestigio? Son preguntas que merecen respuestas serias, sin prejuicios ni conclusiones precipitadas.

También debemos reconocer que la supervivencia de una marca no depende únicamente del patriotismo de los consumidores. Para que un producto nacional permanezca en el mercado, necesita una empresa capaz de sostener su producción, inversiones, una distribución eficaz, precios competitivos, controles de calidad y una estrategia comercial que responda a las exigencias de los compradores. Sin conocer las razones por las que La Guineana dejó de estar disponible, no sería justo atribuir su desaparición exclusivamente a los hábitos de consumo de la población.

No obstante, el caso invita a plantear una cuestión de fondo: ¿qué lugar ocupa la producción nacional en nuestras prioridades económicas?

Cuando una sociedad apuesta por sus productos, no solo compra una mercancía. También puede contribuir a sostener empleos, estimular la actividad empresarial, generar ingresos y fortalecer la capacidad productiva del país. Pero esa apuesta necesita condiciones favorables: empresarios dispuestos a invertir, instituciones que faciliten la actividad económica y consumidores que puedan elegir entre productos nacionales competitivos.

Por eso, la expresión «lo nuestro, primero» no debería quedarse en un eslogan que repetimos en actos públicos o en conversaciones cotidianas. Debería traducirse en acciones concretas que permitan a las empresas nacionales competir en condiciones adecuadas y ofrecer productos que respondan a las expectativas del mercado.

La Guineana nos devuelve a una época en la que un producto podía llevar el nombre del país y representar algo más que su contenido. Su recuerdo nos obliga a mirar el presente y a preguntarnos cuántas otras iniciativas nacionales podrían correr la misma suerte si no se crean las condiciones necesarias para mantenerlas vivas.

Quizá la pregunta no sea solamente por qué consumimos bebidas extranjeras. Quizá debamos preguntarnos por qué nos cuesta tanto conservar y desarrollar alternativas propias, capaces de permanecer en el mercado durante generaciones.

¿Será que no nos gusta tener productos locales o que nos hemos acostumbrado a valorar más lo que viene de fuera? Tal vez la respuesta no esté únicamente en los consumidores, sino también en la manera en que producimos, distribuimos, comercializamos y apoyamos lo que se fabrica en Guinea Ecuatorial.

La Guineana puede ser hoy un recuerdo para muchos, pero su historia plantea un debate que sigue vigente. Un país no fortalece su economía limitándose a consumir lo que otros producen. También necesita empresas nacionales sólidas, productos competitivos y una cultura que reconozca el valor de lo propio sin renunciar a la calidad.

Porque decir «lo nuestro, primero» es fácil. Lo verdaderamente difícil es crear las condiciones para que lo nuestro siga existiendo, llegue a los consumidores y tenga motivos para quedarse.

Y mientras tanto, la pregunta continúa en el aire: ¿dónde está La Guineana?

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