Para muchos jóvenes sin empleo ni expectativas, la prisión ha dejado de ser un castigo. Se ha convertido en refugio. “Aquí al menos desayuno seguro”, confiesa un reincidente de 24 años en Bata. La calle, en cambio, ofrece hambre, precariedad y abandono.
El problema es doble. Por un lado, el Estado asume un gasto penitenciario que no retorna en productividad: cada interno cuesta al erario sin aportar nada a cambio. Por otro, la falta de agricultura local mantiene los mercados dependientes de la importación, con precios que una familia humilde no puede pagar.
La ecuación es perversa: delinquir puede dar más seguridad que trabajar. Al salir, sin oficio, sin ahorros y estigmatizado, el expreso vuelve a la misma calle que lo empujó al delito. Y el ciclo se repite.
Frente a esto, varias voces plantean reconvertir la pena en oportunidad. Si el fin de la cárcel es corregir, ¿por qué no vincularla al campo? Programas de trabajo agrícola o de oficios dentro de los centros permitirían que parte de las ganancias cubran la manutención del interno. El resto iría a una cuenta que solo tocaría al recuperar la libertad. Así, el recluso paga su deuda con trabajo, aprende una habilidad y sale con un pequeño capital para no reincidir.
El ex primer ministro Francisco Pascual Obama Asue ya lo apuntó: formar en manualidades es mejor que devolver a la sociedad a un hombre con las manos vacías.
El desafío social es claro: romper la idea de que la cárcel es más cómoda que la casa. Convertir el gasto penitenciario en inversión agrícola no solo aliviaría al Estado. También lanzaría un mensaje: en Guinea Ecuatorial, la libertad se gana, y el trabajo vuelve a valer más que el delito.
Por: Fernando Nguema Esono
Licenciado en Ciencias de la Información y Comunicación Audiovisual






