Sin embargo, en Guinea Ecuatorial todavía persiste una práctica preocupante: la creencia de que para convertirse en conductor basta con aprender a mover un coche.
No son pocos los casos de personas que, después de pasar un tiempo ayudando a lavar vehículos en un lavadero, consideran que ya saben conducir. Otros creen que por haber aprendido a mover el coche de su padre, de un hermano o de un primo dentro del patio de una casa, ya están preparados para circular por las calles y carreteras. Y así, sin haber pasado por una autoescuela, sin conocer suficientemente las señales y sin haber recibido una formación adecuada, algunos se lanzan a la circulación.
El problema no está únicamente en saber arrancar un vehículo, cambiar de marcha, girar el volante o frenar. Eso es apenas una parte de lo que significa conducir.
Conducir es conocer y respetar las normas.
Un conductor debe saber quién tiene prioridad en una intersección, cómo comportarse ante una señal de stop, qué significa una línea continua, cuándo debe utilizar los intermitentes, cómo mantener una distancia de seguridad y cómo reaccionar ante determinadas situaciones de peligro. También debe comprender que la carretera es un espacio compartido en el que sus decisiones pueden afectar directamente a la vida de otras personas.
Por ello, resulta preocupante que todavía haya ciudadanos que consideren innecesaria la formación en una autoescuela. Según algunas opiniones recogidas para la elaboración de este artículo, la falta de preparación de determinados conductores puede constituir uno de los factores que contribuyen a la siniestralidad vial.
Y aquí debemos hacernos una pregunta: ¿cuántas personas que actualmente conducen vehículos han recibido realmente una formación completa antes de ponerse al volante?
La respuesta debería preocuparnos.
No se trata de señalar a todos los conductores ni de afirmar que cada accidente se produce por falta de formación. Los accidentes tienen múltiples causas. Pero tampoco podemos ignorar que desconocer las normas de circulación aumenta los riesgos en la carretera.
Tener un vehículo no convierte automáticamente a una persona en conductor. Tener un familiar que posee un coche tampoco convierte a nadie en profesional del volante. Y haber aprendido a mover un automóvil en el patio de una vivienda no equivale a haber aprendido a conducir.
El volante no es un juguete y la carretera no es un lugar para aprender sobre la marcha.
Es necesario cambiar esta mentalidad. Las autoescuelas no deberían verse como un trámite innecesario para conseguir un carnet, sino como espacios fundamentales para formar conductores responsables. La formación debe servir para que quien se siente al volante conozca las normas, comprenda los riesgos y sea consciente de que conducir implica asumir una responsabilidad frente a los demás.
También corresponde a las autoridades competentes fortalecer los mecanismos de control para garantizar que quienes conducen vehículos cumplen con los requisitos establecidos. No basta con exigir documentos; es necesario promover una verdadera cultura de seguridad vial.
Guinea Ecuatorial necesita conductores que sepan conducir, pero también que sepan cómo y por qué deben conducir de una determinada manera.
Porque aprender a manejar un coche puede llevar unos días. Aprender a conducir correctamente exige formación, práctica, disciplina y respeto.
El lavadero puede servir para limpiar un coche. El patio puede servir para practicar. Pero para aprender a conducir de verdad, hace falta formación. Y esa formación empieza en una autoescuela.






